Prisioneras de nosotras mismas

Mi Abuela Esther y mi yayo Agustín

Hoy 16 de junio de 2022, mi abuela materna hubiera cumplido 106 años en la tierra. Hace ya tiempo es una estrella en el cielo, una brisa en la playa, y mil formas hermosas en la naturaleza.

De esta bella mujer recibí mucho más que la vida, que me llego a través de mi madre, pues ella vivía en casa cuando yo era pequeña y compartí mucho tiempo con ella.

Heredé su nombre, Esther, te confieso que de pequeña no me gustaba, me parecía un nombre antiguo, retro, vaya nombre de abuela. Además, por estar repetido en mi familia, mis tíos y primos de Argentina, me llamaban Esthercita, cosa que no me gustaba en absoluto por más que lo hicieran de forma cariñosa. Yo sentía que ese diminutivo me hacía pequeña y me limitaba.

Hace tiempo cambié de opinión sobre mi nombre. Me gusta tener el mismo nombre que mi abuela materna: Esther, significa Estrella, y me hace pensar en la luz que brilla en la oscuridad. Me inspira, y evoca en mi, magia y esperanza. Precioso, ¿no te parece?

Tu ¿Qué sabes de tu nombre?,

¿está repetido en tu familia?

¿sabes que significa?

¿Qué te inspira?

¿Qué tiene que ver contigo?

Mi abuela, Abueli como la llamábamos, brilla en mi corazón y en el de todos los que venimos de ella, y en el de aquell@s que la conocieron. Ella decía que era menuda, porque se sentia la mitad pues tuvo una hermana gemela. Yo ahora la recuerdo grandiosa.

Tuvo el valor de atravesar, durante 21 días y 21 noches en barco, el Océano Atlántico con tres criaturas, la mayor, mi madre, con entonces 10 años, el mediano 9, y el pequeño cinco. Soltó cuanto tenía para ir a Argentina y poder ofrecer una oportunidad mejor a sus hij@s. Cuanto miedo debió pasar. Recuerdo cómo en casa decíamos con sorna “21 días y 21 noches” cuando nos lo contaba. Cuan largo tuvo que ser. Nosotros en nuestra ignorancia y en nuestra comodidad, lo veíamos como una trivialidad lo que para ella debió ser un calvario. Hace ya tiempo cambie mi mirada y admiro su fortaleza, su valentía, su coraje.

Abueli, hoy y siempre, honro y reconozco tu fortaleza y tu coraje, los tomo de ti, habitan en mí.

Y tú, que me estás leyendo, te has parado a pensar ¿Qué tomas de tu abuela?

Mi abuela vivió en tiempos de guerra, de carencia, de poca libertad y menos conocimiento. Igual que muchas mujeres, poco sabía sobre el ser mujer, sobre el placer, sobre la vida. Recuerdo que me conto que creía que los hijos nacían por el ombligo, y yo no podía salir de mi asombro.

¿Hasta dónde se habían visto los procesos corporales de la mujer como algo sucio, que debía ser ocultado?

y

¿por qué?

Me hubiera gustado que hubiera tenido más conocimiento, más libertad, más sabiduría. Que hubiera podido cumplir sus sueños, y disfrutar más de la vida. Pero eran tiempos de represión, tabús y desempoderamiento femenino.

Ahora ante la ley y la sociedad, aparentemente las mujeres somos iguales y tenemos las mismas oportunidades que los hombres.

Lo cierto es que difícilmente seremos alguna vez iguales. Nuestros cuerpos ovulan, paren, amamantan y crían. Habitamos cuerpos cíclicos, que tienen ritmos y necesidades distintas en momentos distintos. Y eso requiere un sostén social, más allá de unos días, meses de baja y las “mismas” oportunidades.

Lo peor es que seguimos siendo prisioneras de nosotras mismas. Obviamos evidentes desequilibrios en la repartición de tareas de casa, crianza de hij@s. Aplazamos eternamente nuestras necesidades, y deseos, en un interminable sacrificio por el hogar, trabajo y nuestras familias.

Yo hace tiempo empecé a pillarme negándome lo que me apetecía hacer con un: ya lo haré después de tal o cual cosa. O con un: no puedo ir porque he de preparar la comida para mi pareja e hij@s.

Empecé a preguntarme a cerca de lo que no me permitía y acerca de mis “obligaciones-responsabilidades” como madre ¿Realmente necesitan que yo haga siempre la comida?, o tal vez ¿me gusta que dependan de mí? ¿seré mal vista por dejar que se apañen solos? ¿seré mala madre, mala pareja?, o me sale mal porque la cocina queda devastada.

Paso a paso, voy cambiando mi mirada, ampliándola.

Si les doy a ellos la oportunidad de cocinar estoy sembrando y cultivando sus capacidades, su autonomía y, su independencia. Si la cocina queda muy revuelta, poco a poco integraran que después de cocinar hay que recoger la cocina y poco a poco irá quedando mejor. Confío en que aquellos con quienes compartimos la vida nos aman y desean nuestra felicidad.

Estoy dándome cuenta de qué si yo me voy a hacer una actividad o dar un paseo, conecto con la alegría de vivir y eso sin duda les contagia.

Si yo no me doy permiso para tener mi tiempo, cuidarme, disfrutar, ellos tampoco se lo dan. Qué como la tierra si no se riega, si no me doy lo que necesito, me voy quedando reseca, áspera, árida y sin nada que ofrecer.

A mí, igual que a ti, me cuesta soltar.

Claro, igual que a mi madre, a mi abuela, y a mi bisabuela y así podría nombrarte a toda mi línea matrilineal, y también a la tuya. Y es que en el interior de la gran parte de mujeres está grabado a fuego “hay que tener la casa limpia y recogida “, “la comida apunto”, “la ropa limpia, la cama hecha y una lista interminable de tareas domésticas“ y después tendrás tiempo para ti».

El mandato más antiguo y tal vez el más esclavizante:

“hay que aguantar lo que sea con tal de proteger la camada”.

Esta última mantiene a algunas mujeres terriblemente atrapadas.  

Siento que mi camino en esta vida tiene que ver con el despertar de las mujeres y el invitarlas a reconocer todos estos aspectos. Con el sacarnos de este amodorramiento que nos mantiene más muertas que vivas. Con el ir aclarando nuestra mirada hacia nosotras mismas, nuestros procesos corporales y nuestras necesidades. Con el sacudirnos tabúes, normas y reglas obsoletas que coartan nuestra libertad. Con el recuperar confianza en nosotras mismas e ir ocupando el lugar que nos merecemos, en nuestras casas, trabajos y sociedades. Un lugar donde podamos expresarnos con libertad, donde seamos reconocidas, cuidadas, amadas. Un lugar donde podamos ir tras nuestros sueños y anhelos, ya sea criando hijos, trabajando, estudiando o viajando, pues cada mujer es distinta y debe escuchar únicamente su corazón para saber lo que desea e ir por ello.

¿sabes lo que deseas?

¿Te has observado alguna vez?

¿Cómo te tratas?

¿te niegas cosas?

¿Dispones de dinero y tiempo y no lo disfrutas?

¿te sientes apática?

¿perdida?

¿tienes sueños e ilusiones?

Cuando nos restringimos tanto y tantas veces, perdemos la conexión con nuestro deseo, que es en realidad la fuerza de la vida que palpita en nosotras. Al desconectarnos ya no sabemos ni quien somos, ni lo que queremos. No tenemos energía, nos duele el cuerpo y entramos en una vida letárgica de apatía, tristeza y nostalgia. Yo he estado ahí, atrapada, enredada en mi confusión, en la noche oscura del alma. Pero poco, paso a paso fui desenredándome y reencontrándome. Ahora me siento vital y vibrante, no siempre, por supuesto, ser humana tiene sus limitaciones. Pero soy capaz de reponerme y reconectarme cuando me pierdo.

Hoy en el día del cumpleaños de mi abuela materna, celebro sus 106 y celebró la vida en mi, y el despertar de las mujeres que estamos tomando compromiso para indagar en nosotras mismas e ir redescubriendo nuestro cuerpo, nuestra corazón y nuestra psique. Mujeres que nos estamos realineando con la vida y con nuestros deseos. Mujeres que caminamos hacia vidas más plenas y gozosas.

¡Felices 106 querida Abueli! Siempre en mí.

Gracias por leer hasta aquí.

Te deseo un bonito día

Esther

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